El Asno Roñoso de la Cola Cortada / Mangy Ass with the lopped-off tail

Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Marruecos. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Marruecos. Mostrar tots els missatges

El hiyab, el velo

El hiyab, literalmente «cortina», «descendió» no para hacer de barrera entre un hombre y una mujer, sino entre dos hombres. El hiyab es un suceso datado al que corresponde la aleya 53 de la azora 33, que fue revelada durante el año 5 de la hégira (627). (1)

¡Creyentes! No entréis en los aposentos del Profeta a menos que se os autorice a ello para una comida. Y en ese caso, no entréis hasta que la comida esté preparada para ser servida. Cuando se os llame, entrad, pero retiraros en cuanto hayáis terminado de comer, no os demoréis charlando como si fuerais de la familia.
Semejante abandono hace daño (yu’di) al Profeta, que tiene vergüenza de decíroslo. Al-lâh, en cambio, no se avergüenza de la verdad. Cuando vengáis a solicitar alguna cosa [a las esposas del Profeta], hacedlo detrás de un hiyab. Es más puro para vuestro corazón y para el suyo. (2)

Los alfaquíes utilizan la expresión «el descenso del hiyab» que, de hecho, recubre dos acontecimientos simultáneos, que suceden en dos registros totalmente diferentes: por una parte, el descenso de la aleya coránica del cielo, es decir, la revelación hecha por Al-lâh al Profeta, operación que responde a un registro intelectual, y, por otra, el descenso del hiyab de tela, un hiyab material, una cortina que corre el Profeta entre él y el hombre que se encuentra en el umbral de su alcoba nupcial.

La aleya del hiyab «descendió» en la alcoba nupcial, para proteger su intimidad y excluir a una tercera persona, en este caso a Anas b. Málik, uno de los discípulos del Profeta. Anas fue excluido por el hiyab, en su calidad de testigo y símbolo de una comunidad que se había hecho demasiado cargante, y es el propio testigo el que cuenta el suceso. Cuando se conocen las repercusiones que tendrá ese gesto‑suceso sobre la vida de las mujeres musulmanas, se impone la descripción que de él hace Anas: el Profeta acaba de casarse, impaciente por estar con su nueva esposa, su prima Zaynab, no sabe cómo desembarazarse de un grupito de invitados poco delicados que se demora charlando. El velo sería una respuesta de Al-lâh a una comunidad de costumbres groseras que hería, por su falta de delicadeza, a un Profeta cuya cortesía frisaba la timidez; esa es por lo menos la interpretación de Tabari.

Anas b. Málik dijo: «El Profeta se había casado con Zaynab b. Jahsh. Me encargó que invitara a la gente al banquete de bodas. Así lo hice. Vino mucha gente. Entraban por grupos, unos tras otros. Comían y, luego, se marchaban. Dije al Profeta:
— Enviado de Al-lâh, he invitado a tanta gente, que ya no encuentro a nadie más a quien invitar.
En un momento dado, El Profeta dijo:
— ¡Que se acabe la comida!
Zaynab estaba sentada en un rincón de la habitación. Era una mujer de gran belleza. Todos los invitados se habían ido ya, salvo tres que se demoraban. Seguían allí conversando. Contrariado, el Profeta abandonó la habitación. Y se dirigió al aposento de Aixa. Al verla, la saludó:
— La paz sea contigo, habitante de la morada —le dijo.
— Y contigo, Profeta de Al-lâh —le respondió Aixa—, ¿qué le ha parecido su nueva compañera?
Así, dio una vuelta por los aposentos de sus esposas, que lo recibieron igual que Aixa. Finalmente, volvió sobre sus pasos y llegó a la habitación de Zaynab. Observó que aún no se habían ido los tres invitados. Seguían parloteando. El Profeta era un hombre extremadamente cortés y reservado. Volvió a salir al momento y de nuevo se dirigió al aposento de Aixa. Ya no recuerdo si fui yo u otro quien fue a advertirlo de que los tres individuos se habían decidido a marcharse por fin. En todo caso, volvió a la alcoba nupcial, introdujo un pie en la alcoba y el otro lo dejó fuera, y fue en esa postura como dejó caer un sitr (cortina) entre él y yo, y la aleya del hiyab descendió en ese momento.» (3)

En esta versión, Tabari utiliza dos conceptos que suelen confundirse: hiyab y sitr, que quiere decir literalmente «cortina». Retornemos los hechos más destacados de este testimonio:
1. Al tirar de la cortina, nos dice Anas, El Profeta pronunció lo que en la clasificación del texto coránico se convertirá en la aleya 53 de la azora 33, que para los expertos es "la aleya del hiyab". Se trata de las palabras que Anas escuchó murmurar al Profeta en el momento en que éste corría el sitr (cortina) entre ambos. Palabras que eran el mensaje inspirado por Al-lâh a su Profeta, en respuesta a una situación en la que, aparentemente, Muhámmad no sabía qué hacer ni cómo actuar. Recordemos que el Corán es un libro arraigado en la vida cotidiana del Profeta y de su comunidad; suele ser una respuesta a una situación dada.
2. El segundo hecho destacable es que el Profeta festejaba su boda con Zaynab b. Jahsh,
3. Invitó a casi toda la comunidad musulmana de Medina.
4. Todos participaron en el banquete de bodas y se fueron, salvo tres hombres descorteses que continuaban charlando sin preocuparse de la impaciencia del Profeta y su deseo de quedarse a solas con su nueva esposa.
5. El Profeta, enfadado, sale al patio, va de un lado a otro, vuelve a la alcoba y espera a que los retrasados decidan irse.
6. Al-lâh, en cuanto se van, le revela la aleya del hiyab.
7. Muhámmad corre un sitr entre él y Anas, mientras recita la aleya 53 de la azora 33 que pasaremos a detallar en breve.

Tabari, en su descripción de «el descenso del hiyab», no intenta darnos las razones del enfado del Profeta, famoso por su sangre fría y su infinita paciencia. Enfado que iba a precipitar la revelación de una decisión tan grave como instaurar el hiyab. Ya, en la propia coyuntura que condujo a la revelación del hiyab, se puede apreciar la rapidez del encadenamiento de los hechos: el enfado del Profeta y la reacción divina que se produjo casi al momento. Tendremos ocasión de estudiar varias aleyas y sus asbab an‑nuzul (las causas de la revelación); entre el momento en que se plantea el problema y aquél en que se revela la solución, suele haber una especie de período de gestación, una espera, transcurre un tiempo. Ahora bien, en el caso del hiyab, la rapidez tan poco habitual de la revelación no cuadra con el ritmo psicológico regular de las revelaciones y, sobre todo, con lo que conocemos del carácter del Profeta.

El Profeta era famoso por su increíble capacidad de dominarse. Nunca actuaba sin pensárselo bien, reflexionaba días enteros cuando estaba confrontado a un problema, y la gente estaba acostumbrada a esa lentitud de reflexión. Captar el problema y reflexionar sobre él antes de tomar ninguna decisión constituían los rasgos de carácter que le permitieron sobrevivir y comunicarse con una sociedad de costumbres violentas. La impresión dominante que se desprende de su retrato «oficial», tal y como aparece en los libros de historia, es la de un hombre dulce y tímido. El Profeta «era de estatura mediana, ni muy alto ni muy bajo. Tenía la tez de un blanco rosado; los ojos negros, los cabellos espesos, brillantes y bonitos. La barba le rodeaba todo el rostro y era abundante. Llevaba los cabellos largos hasta los hombros, eran morenos. Tenía el cuello blanco [ ... ] Era tanta la dulzura de su rostro que cuando uno estaba en su presencia no podía abandonarlo [ ... ]. Cualquiera que lo hubiera visto convenía en que nunca había conocido, ni antes ni después, un hombre que tuviera una forma de hablar tan encantadora». (4)

Paradójicamente, en una sociedad en la que, según Tabari, se recurría fácilmente al sable para arreglar los problemas, Muhámmad se distinguía por su capacidad de mitigar las tensiones y permanecer tranquilo. El Profeta era un hombre público, curtido en el arte de las relaciones, el arte de seducir, de convencer a individuos y muchedumbres de diversas procedencias. Estaba acostumbrado a soportar a hombres groseros y sin modales: por otra parte, nadie podía imponerse como una autoridad en la sociedad árabe si no tenía un dominio de sí mismo ejemplar, algo que, desde su más tierna edad, le valió al Profeta ser reconocido como hakam, árbitro en caso de conflicto. ¿Cómo explicar pues que un enfado tan sin importancia haya precipitado con semejante rapidez una decisión tan draconiana como el hiyab, que rompe el espacio musulmán en dos?

El contexto histórico puede ayudarnos a empezar a esclarecer el misterio. El año 5 de la hégira (627) no fue un año como los demás. Fue el año más desastroso para el Profeta en su condición de jefe militar de una secta monoteísta que intentaba imponerse en una Arabia politeísta y satisfecha de serlo.

Volvamos al momento en que Muhámmad, perseguido en su tierra, decide abandonar Meka para encontrar asilo entre las tribus de Medina. Una ciudad de sedentarios y agricultores, como Medina, no habría tomado la decisión de albergar en ella a un contestatario que declaraba la guerra a toda Arabia y a sus dioses, a Meka, temible y poderosa, si no esperara sacar provecho de ello.

Es preciso ver las cosas de forma realista: Muhámmad y el éxito de su empresa sólo estuvieron asegurados gracias a su preocupación constante por lo real y sus tensiones. Al huir de Meka, tras haber intentado sitiar el santuario, Muhámmad sabía que no podía triunfar si no era volviendo allí, y los mecanos también lo sabían y estaban dispuestos a impedírselo. Luego cualquiera que recibiera al Profeta y le diera hospitalidad se exponía a la guerra con una de las tribus más poderosas de Arabia, los Coraix y sus aliados, la propia tribu del Profeta cuyos intereses amenazaba.

El Profeta sabía que los medinenses esperaban de él que se impusiera militarmente en la región. Cosechar victorias en el campo de batalla era necesario para dar a los muhayirun (los inmigrantes de Meka) confianza en ellos mismos y demostrar a los medinenses que habían hecho una buena elección optando por el Islam. El año 5 fue el año del empantanamiento y el marasmo tras la derrota militar de Uhud, que tuvo lugar en el año 3 de la hégira (625). Año tanto más difícil cuanto que las tropas de Muhámmad habían cogido gusto a la victoria tras la batalla de Badr, que tuvo lugar en el año 2 (624).

En Badr, el número de musulmanes era ridículamente pequeño comparado con el de sus adversarios (sólo eran 314: 83 inmigrantes mecanos, y de sus aliados medinenses, los ansâr, 61 de la tribu de los Aws y 170 de la de los Jazrach. (5) Los mecanos eran «novecientos cincuenta; cien de ellos tenían caballos, y los demás montaban camellos». (6)

Cuando comenzó la batalla en tomo a la colina de Badr, «el Profeta, con Abu Bakr, entró en la cabaña, se arrodilló otra vez, lloró y suplicó diciendo: "¡Oh, Señor!, si esta tropa que está conmigo perece, ya no habrá nadie después de mí que te adore; todos los creyentes abandonarán la verdadera religión". Tenía las manos alzadas hacia el cielo mientras rezaba.» (7) Al-lâh envió entonces como refuerzo un ejército invisible de cinco mil ángeles. (8) Pero el Profeta no se contentó con rezar, se valió de una verdadera táctica militar: informaciones sobre el enemigo, estudio del terreno (especialmente la ocupación de un pozo estratégico), negociaciones con los hombres de la tropa, sueños proféticos y otras técnicas para hacer de un puñado de individuos el principio de un ejército de conquistadores. «El Profeta rezó un buen rato; después salió de la cabaña, y los musulmanes formaron en orden de batalla. El Profeta, con una vara en la mano, pasó por delante de las filas para alinearlos. Uno de los ansâr, llamado Sewad, hijo de Gaziyya, se salió un poco de la fila. El Profeta le dio un varazo en la tripa.» (9) Las pérdidas del enemigo fueron importantes: tan sólo murieron 14 musulmanes frente a 72 mecanos y otros tantos prisioneros. (10) Como la mayoría de estos últimos eran aristócratas, obligaron a sus parientes a pagar un rescate (para evitar ser reducidos a la esclavitud) que constituyó un fabuloso botín.

Desgraciadamente, el milagro de Badr no se reprodujo cuando los musulmanes debieron afrontar una enorme concentración de tropas mecanas en la batalla de Uhud, trece meses después. Uhud fue un desastre: los mecanos eran «tres mil hombres completamente armados, una parte, habitantes de Meka, y otra, árabes beduinos. Doscientos tenían caballos, el resto, camellos. Setecientos hombres llevaban corazas. Marcharon sobre Medina y, al llegar a las puertas de la ciudad, se detuvieron en una montaña cuya altitud es de una milla».'1 El Profeta se apresuró a salir a su encuentro para evitar que tomaran Medina. Salió a la cabeza de mil hombres. Sólo tenían un caballo, además del del Profeta. Cuando se sabe que el número de corazas y caballos garantizaba entonces la suerte del vencedor, puede comprenderse que el triunfo de los mecanos fuera rápido: «El Profeta, en pie, vio cómo huían hacia Medina los musulmanes. Fue hasta una colina de arena con unos compañeros y gritó: "¡Amigos míos, estoy aquí, yo, el Profeta de Al-lâh!' Pero aquellos, aun escuchando su voz, no volvieron atrás.» (12) La descripción de la batalla y, sobre todo, las razones de la derrota, especialmente el hecho de que a algunos musulmanes les interesaba más el pillaje que la guerra santa, ocupan páginas y páginas de los volúmenes de historia. (13) Lo más duro fue el regreso a Medina: las pérdidas musulmanas se elevaban a 70 hombres. «No había una sola casa en Medina que no estuviera de luto. Cuando el Profeta entró en la ciudad, escuchó lamentos a la puerta de la mezquita. Preguntó qué significaban. Le respondieron que eran las mujeres de los ansâr que lloraban a los muertos de Uhud.» (14)

El año 5 de la hégira, el año del descenso del hiyab, fue, pues, particularmente desastroso. Desde Uhud, el Profeta no había cesado de organizar expediciones para mantener vivos el deseo de vencer y el recuerdo de Badr, pero no llegaba a realizar su sueño: vencer a los mecanos para hacerse militarmente creíble a los ojos de sus discípulos, de los medinenses y quizá de todos los demás árabes. Peor todavía, éstos, bajo el mando de los mecanos, acababan de asediarlo ese mismo año en la propia Medina. La aleya del hiyab forma parte de la azora 33, al‑Ahzab, literalmente la «coalición de clanes», de facciones. Esta azora describe, entre otras cosas, el sitio de Medina, conocido como la batalla de Junduk, la batalla de la Fosa, pues Muhámmad mandó que cavaran una alrededor de la ciudad para protegerla.

El Islam vivía un momento de crisis militar grave, de la que no salió hasta la primavera del año 8 (630), cuando el Profeta cosechó una victoria decisiva sobre los mecanos, después de la cual conquistó Meka y toda Arabia. El incidente que tuvo lugar durante la noche de bodas del Profeta y Zaynab debe ser situado en su contexto, época de dudas y de derrotas militares que minan la moral de los habitantes de Medina.

Los fundadores de la ciencia religiosa consideran la aleya 53 de la azora 33 como la base de la institución del hiyab. Los libros del fiqh siguen dedicando un capítulo al «descenso del hiyab». Esta aleya no es la única relativa a ese acontecimiento, pero fue la primera de una serie que condujo de hecho a la escisión del espacio musulmán. Una atenta relectura de esta aleya nos revela que las preocupaciones de Al-lâh en ella son del orden de la discreción: conminar a los discípulos a tener maneras corteses de las que parecen carecer, como el hecho de entrar en una estancia sin pedir permiso.

Más allá de las normas de educación, la última parte de la aleya abordaba otro tema, la decisión de Al-lâh de prohibir a los musulmanes casarse con las mujeres del Profeta después de su muerte. La aleya del hiyab termina así: «No debéis hacer daño (tu’du) al Enviado de Al-lâh, casándoos, después de su muerte, con sus esposas. No lo hagáis nunca, un acto semejante sería una enormidad con Al-lâh.»

Tabari, que explica el Corán frase a frase, aborda de manera separada esta última parte. El Profeta estaba amenazado por hombres que, estando él en vida, afirmaban su deseo de casarse con sus mujeres tras su muerte. ¿Cómo era eso posible? La crisis de la sociedad debía de ser muy profunda para que una agresión semejante, bien es cierto que verbal, pero peligrosa simbólicamente, pudiera pronunciarse. Más allá del incidente de la mala educación de los invitados el día de la boda con Zaynab, parece que el hiyab vino a poner orden en una situación muy confusa y embrollada. El hiyab sería el desenlace de un entramado de conflictos y tensiones. Ahora bien, una lectura rápida del texto coránico, como la del testimonio de Anas que Tabari reproduce, da la impresión contraria, de ahí la siguiente cuestión metodológica: ¿debemos limitar nuestra investigación de esa aleya a la noche de bodas de Zaynab o, por el contrario, el Islam nos capacita para buscar las causas en otra parte, en el contexto histórico, por ejemplo? Aparentemente, la tradición científica inaugurada por los alfaquíes nos anima a llevar la investigación tan lejos como sea posible. Suyuti, por ejemplo, autor de un libro sobre Asab an‑Nuzul (Las causas de las revelaciones) nos dice: «Es imposible entender una aleya sin conocer la qisa (la historia) y las causas que condujeron a su revelación.» (15) Y añade que «suele ocurrir que los mufasirun (comentaristas, los que explican el Corán) expongan varias causas (asbab) para una misma aleya.» (16) A pesar de la abundancia de comentarios e interpretaciones del texto coránico, no puede encontrarse en ninguna parte (que yo sepa) una síntesis que se proponga integrar el conjunto de causas relativas a una misma aleya en su encadenamiento cronológico, por una parte, y el análisis de su impacto psicológico y social, por otra. As‑Suyuti, que se propone explicar las causas de la revelación, y Tabari, que quiere explicar la aleya y pretende hacer un trabajo más global, se contentan con hacer una crónica de los acontecimientos. El libro de as‑Suyuti sobre las causas es un resumen en unos cientos de páginas del enorme Tafsir de Tabari, que consta de treinta volúmenes, pues este último añade a la identificación de las circunstancias de la revelación, el análisis lingüístico de cada término, los matices y los debates de los expertos en lo que se refiere a la interpretación y la propia conclusión de Tabari. Pero, de síntesis, nada. Ahora bien, sin una síntesis, no podemos captar en la actualidad toda la complejidad de los acontecimientos; de ahí la necesidad de examinar toda la información de la que disponemos y, especialmente, la dimensión lingüística del término hiyab.

El concepto de hiyab es tridimensional, y las tres dimensiones coinciden muy a menudo. La primera es visual: sustraer a la mirada. La raíz del verbo hayaba quiere decir «esconder». La segunda es espacial: separar, marcar una frontera, establecer un umbral. Y, por último, la tercera es ética: incumbe al dominio de lo prohibido. A ese nivel, no se trata ya de categorías palpables, que existen en la realidad de los sentidos, como lo visual o lo espacial, sino de una realidad abstracta, del orden de las ideas. Un espacio oculto por un hiyab es un espacio prohibido. El diccionario Lisân al‑‘arab (La lengua de los árabes) tampoco nos es de gran ayuda. Nos explica que hayaba quiere decir «ocultar con un sitr». Y el sitr en árabe, quiere decir literalmente una «cortina». Luego una operación que divide el espacio en dos y sustrae una parte a la mirada. El diccionario añade que algunos sinónimos del verbo ocultar están formados a partir de las palabras sitr y hiyab. Satara y hayaba significan ambos «ocultar». Quien tiene la paciencia de seguir al autor de este diccionario, a través de los ejemplos que se toma el cuidado de mencionar, llega a decantar gradualmente y a enriquecer esa noción fundamental.

El depositario de la llave de la Kaaba, la tumba santa, posee el privilegio de la hiyaba: «Los Banu Kusai —explica— decían que tenían la hiyaba de la Kaaba, es decir que eran los responsables de su protección y que tenían las llaves». Cita también el «hiyab del príncipe» el hombre más poderoso de la comunidad musulmana recurría al velo para sustraerse a las miradas de los que lo rodeaban, ¡tradición que escandalizaría si se aplicara a los actuales jefes de Estado árabes! El hiyab es, además, la cortina detrás de la que se ponían los califas y los reyes para sustraerse a las miradas de sus familiares, nos dice la enciclopedia del Islam: «Ese uso, parece que desconocido para los habitantes del Hiyaz, habría sido introducido en Islam, probablemente por influencia de la civilización sasánida, por los omeyas [ ... ]. Muawîya y sus sucesores estaban separados de sus familiares por una cortina, sitâra o sitr, pero se trata de una misma costumbre que, al evolucionar, terminó convirtiéndose en institucional.» (17) Esa costumbre, que nos parece tan rara hoy, se practicó desde Muawîya, el quinto califa. (18) Se introdujo a continuación en Andalucía, África del norte y Egipto, donde la dinastía fatimí (909‑1171) la elaboró hasta el punto de convertirla en un verdadero ceremonial. Con los fatimíes, la dimensión sagrada del califa había adquirido particular importancia: «El califa, considerado como la hipóstasis de la inteligencia activa del mundo, era casi objeto de culto. Por ello, debía sustraerse, en la medida de lo posible, a las miradas de sus fieles, que de este modo quedaban protegidos del resplandor de su rostro.» (19)

No se puede explorar el sentido de la palabra hiyab sin mencionar el uso que de ella hacen los sufíes, y que nada tiene que ver con la cortina. Con ellos, accedemos a los horizontes ilimitados de las aspiraciones espirituales que los musulmanes deben ambicionar y donde el hiyab es un fenómeno esencialmente negativo, una perturbación, una incapacidad. «En sufismo, se denomina mahyub (velado) a aquél cuya consciencia está determinada por la pasión sensual o mental y que, en consecuencia, no percibe la luz divina en el corazón. Según esa expresión, es el hombre el que está cubierto por un velo, o una cortina, y no Al-lâh.» (20) En la terminología sufí, el mahyub es el que está trabado en su realidad primordial, incapaz de experimentar estados elevados de consciencia. La persona no iniciada en la disciplina sufí no sabe cómo explorar sus capacidades inauditas de percepciones múltiples, que se puede, a fuerza de entrenamiento y disciplina, extraer de lo material y dirigir hacia las alturas, hacia el cielo, hacia lo divino.

Para al‑Hallaj, lo que permite ir más allá del hiyab que encarcela nuestra conciencia es la búsqueda constante de Al-lâh: «Las criaturas se extravían en una noche tenebrosa buscándoTe, y sólo perciben alusiones.» (21) Lo opuesto al hiyab, entre los místicos, es el kashf el descubrimiento. (22)

Vemos, pues, que el concepto de hiyab es uno de los conceptos claves de la civilización musulmana, como el del pecado lo es para la civilización cristiana, o el del crédito para la América capitalista. Reducir o asimilar ese concepto a un pedazo de tela que los hombres han impuesto a las mujeres para ocultarlas cuando caminan por la calle, es empobrecerlo, por no decir vaciarlo de su sentido, sobre todo cuando sabemos que el hiyab, según la aleya coránica y la citada explicación de Tabari, «descendió» del cielo para separar el espacio entre dos hombres.

Quedémonos con que el hiyab puede expresar una dimensión espacial, delimita un umbral entre dos dominios distintos, que puede ocultar el poderío o el poder, como en el caso del hiyab al‑amir (hiyab del príncipe), pero que puede expresar la noción contraria, como el hiyab sufí, que impide el conocimiento de lo divino, y, en este caso, el velado es un individuo disminuido. Luego si el hiyab que separa del príncipe hay que respetarlo, el que separa de Al-lâh ha de ser destruido.

Para completar, habría que señalar el uso anatómico de la palabra hiyab, que designa un límite y una protección al mismo tiempo. La ceja, nos dice Lisân al‑‘arab, es un ejemplo que combina esas dos nociones: «al‑hayiban (cejas) son los dos huesos situados por encima de los ojos, con sus músculos y sus pelos [ ... ], se llaman así porque protegen el ojo de los rayos solares.» Todo lo que separa y protege es un hiyab, de ahí su uso común en anatomía, el diafragma es un hiyab al‑yawf (hiyab del estómago), y el himen, hiyab al‑bukuriyya (hiyab de la virginidad).

Cuando abandonamos el dominio lingüístico para volver al texto coránico, descubrimos un hiyab negativo, similar a la noción sufí, la de obstáculo que nos impide ver a Al-lâh: «En el Corán, que lo utiliza siete veces solamente, se encuentran informaciones preciosas sobre el sentido real y metafórico del término (hiyab) máxime cuando, en cierta medida, nos aclaran sobre su evolución. De una manera general, designa una separación: es el velo o la cortina detrás de la que María se mantenía apartada de los suyos (azora 19, aleya 17); es el aislamiento (después, el gineceo) impuesto al principio sólo a las mujeres del Profeta (azora 33, aleya 53, cf. 33, aleya 32) siguiendo, al parecer, el consejo de ‘Umar. El día del Juicio Final, los elegidos serán apartados de los condenados por un hiyab (7, 46), una muralla, glosan los exegetas que dan esta interpretación del Corán (46, 13): «Sólo le es dado al hombre que Al-lâh le hable por la revelación o detrás de un hiyab» (42, 5 l), aparentemente destinado a proteger al elegido del resplandor del rostro divino.

Este último sentido del hiyab, velo que ocultaría a Al-lâh de los hombres, a veces toma en el Corán un valor eminentemente negativo, cuando describe la incapacidad de ciertos individuos de ver a Al-lâh. Es el caso de la aleya 5 de la azora 4 1, en la que, según Tabari, el velo del que trata expresa las dificultades que tenían los Coraix, de tradición politeísta, en captar el mensaje monoteísta de Muhámmad:
Dicen [los politeístas]: «Nuestros corazones están bajo envolturas (akinnatin) que nos impiden comprender el verso con el que nos llamas. Y nuestros oídos sufren de un mal que les impide escuchar, Entre vosotros y nosotros hay un hiyab.» (23)

En esta aleya, el hiyab es una disminución de la inteligencia humana. Además, el título de la azora (Fusilat) es precisamente «Las aleyas expuestas con claridad.» (24) Hiyab es aquí sinónimo de akinnatin, que es «un envoltorio como el que protege al arco.» (25) Y Tabari añade que el sentido de hiyab en esta aleya «quiere decir una diferencia conflictiva de religión.» (26) pues los Coraix que se oponían al Profeta practicaban el culto de los ídolos, mientras que el Profeta los exhortaba a adorar al Al-lâh único: «El hiyab que reivindican [los politeístas] que existe entre ellos y el Profeta de Al-lâh, en realidad son sus opciones conflictivas en materia religiosa.» (27) El que está cegado por el hiyab es, sobre todo, el politeísta. Para algunos teólogos, como es el caso de an‑Nisaburi, el hiyab es un castigo: «Entre las invocaciones que recitaba as‑Siriy as‑Siqte, podemos señalar la siguiente: "Al-lâh, si has de torturarme con algo, no me tortures con la humillación del hiyab".» (28) Es curioso observar la evolución reciente de este concepto que, en sus comienzos, tenía una connotación tan fuertemente negativa en el Corán: señal del que está maldito, excluido del privilegio y de las gracias espirituales a los que el musulmán puede acceder, y que en la actualidad se reivindica como símbolo de la identidad musulmana y maná para la mujer musulmana.

Numerosas reediciones de libros relacionados con la mujer, el Islam y el velo han sido emprendidas por autoridades religiosas «preocupadas por el futuro del Islam» y cuyo objetivo, explican en sus introducciones, es «salvar la sociedad musulmana del peligro que representa el cambio». En una época en que el libro árabe vive una grave crisis, debido entre otras causas a la guerra del Líbano (gran centro tradicional de la industria editorial), y en que los precios suben vertiginosamente de un mes a otro, sorprende ver que esas reediciones suelen ser lujosas (¡tapas doradas!) y que circulan a precios sorprendentemente bajos: por 58 dirham (unos 40 francos franceses) se puede comprar la nueva edición de 1981 del Kitáb ahkán an‑nisá' (Disposiciones legales relativas a las mujeres), de b. al‑Yawzi, (29) un autor muy conservador del siglo XIII (muerto en el año 589 de la hégira). Con b. al‑Yawzi, la dimensión carcelaria del hiyab alcanza el delirio. La simple lectura de algunos títulos de capítulos dan el tono:
Capítulo 26, «Desaconsejar a las mujeres que salgan»;
Capítulo 27, «Las ventajas de la mujer que opta por el hogar»;
Capítulo 31, «Argumento para probar que es mejor para la mujer no ver a los hombres».

Evidentemente, la participación de la mujer en la oración colectiva se convierte en un acto clandestino. Cita un extraño al-hadiz en que las mujeres del Profeta se infiltraban en plena noche en la mezquita, rezaban en ella completamente tapadas con sus velos y la abandonaban a toda prisa antes del amanecer. (30) En cuanto al derecho a peregrinar a Meka, Ibn al‑Yawzi comienza ese capítulo exponiendo las condiciones requeridas para que una mujer pueda emprender ese viaje: que sea libre (luego la mujer esclava queda privada automáticamente del hajj), que haya sobrepasado la edad de la pubertad y que sea capaz de razonar (‘aqila). Es preciso también que sea bastante rica (para poderse costear el viaje) y, en fin, que la acompañe un hombre que le esté vedado por la ley del incesto (Muhrim). Y añade que, en cualquier caso, la mujer no puede viajar más de tres días si no va acompañada por su padre, su marido o su hijo. (31) Portavoz del Madhab, representante más conservador, más ascético y más rígido de las cuatro escuelas del Islam sunní, Ibn al‑Yawzi expone las mutilaciones físicas que se imponen a las mujeres, como la escisión, que no tiene nada que ver con el Islam y que era totalmente desconocida en la Arabia de Muhámmad del siglo VII. El capítulo 6 se titula «La circuncisión de las mujeres» (32), y el 67 otorga al marido «el derecho a pegar a su mujer.» (33)

La reedición del libro de Ibn al‑Yawzi no es un hecho aislado, forma parte de una auténtica campaña de los medios de comunicación. Desde 1983, se ha difundido la primera edición, procedente esta vez de El Cairo, de las fatwas relativas a las mujeres, del jeque Ibn Taymiyya (autor del siglo XV), extracto de su monumental Machmu al‑fatawi al‑kubra (Recopilación de las grandes fatwas; las fatwas son pareceres de grandes autoridades religiosas sobre un tema dado). Los que estuvieron al cargo de la edición extractaron todo lo que concierne a las mujeres de esos 35 volúmenes de fatwas, decisiones de naturaleza jurídico‑religiosa relativas a toda clase de problemas. Su objetivo es «ayudarnos» a todas las mujeres musulmanas poniendo a nuestra disposición todas las fatwas en un solo volumen fácil de manejar, para permitirnos «combatir a los que hablan en la actualidad de la libertad de las mujeres.» (34) El deseo de ocultar el cuerpo femenino aparece en esta obra como obsesión: un capítulo detalla «la necesidad de velar el rostro y las manos durante la oración» (p. 33 y siguientes), otro se pregunta: «¿La oración de la mujer se invalida si sus cabellos se descubren?» (p. 35). En fin, otro capítulo plantea un dilema económico que parece haber torturado a nuestro jeque: «¿Una mujer que posee 1000 dirham debe usarlos para la peregrinación a Meka o para el ajuar de su hija?» (p. 89) Por supuesto, en el capítulo 4 nos volvemos a encontrar con «La circuncisión de la mujer», ¡que no tiene nada que ver con el Islam ni con la cultura árabe!

Pero el súmmum en el mercado del «libro femenino» sigue siendo la nueva edición (1980) del libro del alfaquí de origen indio Mohámmed Ciddik Hasan Jan al-Qannuyi, Husn al‑uswa, que supera en misoginia a todos los demás. (35) Por 60 dirham (más o menos 50 francos franceses) se puede leer todo sobre «El gran apetito sexual de las mujeres» (p. 52) y también que la mujer «no está obligada a ir a la mezquita o a la oración pública del viernes» (p. 345). Se puede leer con detalle «todo lo que nos refirieron sobre la incapacidad de la mujer para razonar y su incapacidad para la religión» (p. 365), y, por supuesto, nos enseña todo lo que sabe sobre «El número de mujeres que componen la población del infierno» (p. 33l).

Ese salto en la historia, desde la institución del hiyab a su interpretación a lo largo de los siglos, fascina en las postrimerías del siglo XX a una población musulmana en busca de su identidad a través de una producción editorial que resalta la clausura y el encierro de la mujer como fundamento del Islam. Es preciso retener esta doble perspectiva si se quiere comprender lo que significaba el hiyab en el año 5 de la hégira, cuáles eran las disyuntivas que representaba, y cuáles las actuales.

El «descenso del hiyab», desde el principio, es doble, comprendiendo un nivel concreto: el Profeta corre una cortina palpable entre él y Anas b. Málik, y un nivel abstracto: el descenso de la aleya, del cielo hacia la tierra, de Al-lâh al Profeta que la recitó. El Profeta corre una cortina real entre él y el único extraño que se encuentra todavía con él en su hogar tras la salida de los invitados y, al mismo tiempo, recita la aleya que en ese momento le inspira Al-lâh.

En una de las versiones de Bujari, Anas nos dice: «Cuando la gente se fue, el Profeta volvió a la alcoba [de la novia], entró y corrió una cortina (arja as‑sitr).» Y añade, importante detalle: «Aún seguía con él en el cuarto, cuando se puso a recitar: "¡Creyentes, no entréis en los aposentos del Profeta, a menos que os autorice a ello para una comida..."» (36) En la descripción de Bujari, como en la de Tabari, el hiyab es una división del espacio en dos zonas que aíslan a ambos hombres en presencia, el Profeta de un lado, y Anas, el testigo que nos describe el acontecimiento, de otro. Esta dimensión del hiyab de delimitar zonas es patente en algunas versiones en que se dice que «el Profeta golpeó (daraba) un sitr entre él y Anas, y el hiyab descendió», (37) refiriéndose con sitr a la cortina física, y con hiyab, a la aleya coránica. Hay que señalar que, en las traducciones francesas del Corán aquí utilizadas, de Denise Mason y de Régis Blachére, el concepto de hiyab se reduce al velo, elemento del atuendo; la dimensión espacial, la de sitr, la cortina, no se expresa.

Un incidente relativamente de poca importancia (unos invitados se retrasan más de lo debido después del banquete de bodas) provoca una respuesta tan fundamental como la escisión del espacio musulmán en dos universos, el universo del adentro (hogar) y el universo del afuera (el espacio público). No deja de sorprender la desproporción entre el incidente y la respuesta, el Profeta habría podido sencillamente pedir a la gente que no entrara en su casa sin permiso. Era amado y respetado suficientemente como para ser obedecido. La aleya, como las explicaciones que se nos ofrecen, hace suponer que la gente entraba en casa del Profeta sin guardar las formas. Deja suponer también que la casa del Profeta era fácilmente accesible a la comunidad y que, además, no había ninguna separación entre su vida privada y su vida pública, entre el espacio privado (la vivienda del Profeta y las estancias de sus mujeres) y el espacio público (la mezquita, el lugar de la oración y de reunión de la comunidad ... ).

Así pues, se deduce, si reunimos todos los elementos un poco dispersos de este capítulo, que, durante un período agitado en los comienzos del Islam, el Profeta profiere una aleya bastante excepcional y determinante para la religión musulmana, que introduce una ruptura en el espacio, que puede comprenderse como una separación de lo público y lo privado, o bien, de lo profano y lo sagrado, pero que va a orientarse hacia una segregación de los sexos: ese velo que desciende del cielo va a cubrir a la mujer y separarla del hombre, del Profeta y, por tanto, de Al-lâh. Una vez aclarado estos aspectos (la realidad lingüística, social, histórica y religiosa del hiyab), ¿no habría que preguntarse cómo vivía el Profeta, que relaciones mantenía con sus discípulos, sus mujeres y sus conciudadanos, y en qué lugares, y por qué sintió la necesidad de protegerse como algo absoluto y radical?

Notas Capítulo V
(1) Todos los autores están de acuerdo sobre el año, pero el mes varía según el caso: b. Saad, at‑Tabaqat, vol. VIII, p. 174; Tabari, Tarij, vol. III, p. 42, en la traducción francesa de Zotenberg, realizada a partir del texto persa, dan el mismo año, pero un mes diferente de la fecha de la aleya del Hiyab, p. 221 y siguientes; b. Hisham, Sira, vol. III, p. 237.
(2) El Corán, p. 4 azora 33, aleya 53, traducción de la autora. Las de Régis Blachére y Denise Masson dejan en la oscuridad la dimensión espacial del hiyab que expresa la palabra sitr, al utilizar la palabra «velo» para traducir tanto hiyab como sitr.
(3) Tabari, Tafsir vol. XXII, p. 26.
(4) Tabari, Tarij, trad. Zotenberg, p. 337.
(5) Hisham, Sira, op. cit., vol. XI, p. 364.
(6) Tabari, Mohammed..., op. cit., p. 150.
(7) ídem, p. 156.
(8) B. Hisham, Sira, op. cit., vol. II, p. 285.
(9) Tabari, Mohammed... op. cit., p. 154.
(10) Hisham, Sira, op. cit., vol. II, p. 372.
(11) Tabari, Mohammed... op. cit., p. 191.
(12) ídem., p. 201.
(13) Hisham, Sira, op. cit., vol. III, pp 64‑112.
(14) Tabari, Mohanimed, op. cit., p. 209.
(15) As‑Suyuti, Lubab al uqul fi asbab an‑nuzul, Dar Alhya al‑Uhm, Beirut, 4ª ed., 1983, p. 13.
(16) idem, p. 15.
(17) Enciclopedia del Islam, artículo «Hiyab».
(18) No hay un quinto califa en la ortodoxia musulmana. Sólo hay cuatro: Abu Bakr, ‘Umar, Uzman y Ali. Muawîya, que tomó el poder utilizando un método considerado inadmisible, un arbitraje trucado, constituye una ruptura en la cadena de transmisión del poder. Así pues, utilizo la cifra cinco exclusivamente con un fin didáctico, para ayudar al lector a situarse.
(19) Enciclopedia del Islam, ibídem.
(20) Titus Burkhardt, Introduction aux doctrines ésotériques de l’Islam, Dervy‑Livres, París, 1969.
(21) Al‑Hallaj, Diwan, trad. Massignon, éd. du Seuil, París, 1981.
(22) Ad‑Darqaui, Leures d'un maitre sufi, trad. de Titus Burkhardt, Arché, Milán, 1978.
(23) Enciclopedia del Islam, ibídem.
(24) El Corán, trad. de Masson, p. 631.
(25) Tabari, Tafsir op. cit., vol. XXIV, p. 91.
(26) ídem, p. 92.
(27) Ibídem.
(28) An‑Nisaburi, Tafsir garaib al‑Quran wa ragaib al‑furqan, publicado como complemento del Tafsir al‑Quran de Tabari, en la edición de Dar al‑Ma’rifa, vol. XXII, p. 18, Beirut, 2ª ed. 1972.
(29) Kitab ahkam an‑nisá’, al‑Maktaba al‑Asriya, Beirut, 1980.
(30) Ídem, p. 200.
(31) íd., p. 251.
(32) id., p. 144.
(33) id., p. 330.
(34) B. Taymiyya, Falawi an‑nisá’, Maktabat al‑Irfan, El Cairo, 1ª ed., 1983, p. 5. El autor murió en el 728 de la hégira.
(35) Mohámmed Ciddiq Hasan Jan, Husn al‑uswa bima tabata mina al‑lahifi an‑niswa, Muasasat ar‑Risala, Beirut, ed. 1981. El autor murió en el 1307 de la hégira, es decir, a finales del siglo XIX o principios del siglo XX.
(36) Bujari, Sahih, op. cit., vol. m, p. 254. La aleya citada es la 53 de la azora 33 que encabeza el capítulo.
(37) Íbidem., b. Saad, at-Tabaqat, vol. VIII, p. 173.


Autora: Fátima Mernissi, doctora en Sociología y profesora universitaria en el Institut Universitaire de Recherche Scientifique de la Universidad Mohamed V de Rabat.
Capítulo V de su libro El harén político.
Fuente: WebIslam
Click Here to Read More..

Sufismo marroquí: resumen histórico

El Maghreb contemporáneo conoció cuatro siglos de Oro del sufismo marcados todos ellos por un resplandor sociocultural sin precedentes en el Occidente islámico. Los referentes más cercanos los encontramos hacia la segunda mitad del S. XVII en la región de Souss, y extendiéndose hasta Agadir, en el sudoeste, a la Tariqa Nassiría, cuyas enseñanzas duraron mas de un siglo y dieron a luz importantes figuras culturales, religiosas y jurídicas que fueron conocidas mas allá del horizonte musulmán.
Posteriormente fue la Tariqa Darqaui la que recogió la antorcha de la tassawuf gracias a la herencia doctrinal del Imam Shadili y de la Cofradía Tijjaniyya de Sidi Ahmed Tijjani, sheykh nacido y enterrado en Fez que tuvo el privilegio de comunicar el Islam en Africa Occidental y en América con tanta fuerza y profundidad que sus efectos arraigaron profundamente y perduran hasta nuestros días ( como la Tariqa Muridía en Senegal y Malí ).

El sufismo existía ya desde los primeros tiempos de la Hégira en el Maghreb occidental, particularmente en Souss donde el primer Ribat fue edificado por el célebre O"qba Ibn Nafi" Al-Fihri, primera figura que conquistó el Maghreb en el año 50 de la Hégira. Ahora bien, el sufismo de escuela, tal y como se conoce hoy en día, aparece bastante más tarde y bajo la Tariqa Qadiriyya, cofradía fundada por el célebre Moulya AbdelQader Al-Jilani de Bagdad. No por eso hemos de olvidar la notable influencia cultural de Ibn Arabi y su escuela en el conjunto del sufismo marroquí.
Todo este florecer gnóstico ya fue señalado por el Profeta (s.a.s.) cuando afirmó : "El Oriente ha sido la tierra de los Profetas y el Magrheb será la tierra de los Santos" o el parecido proverbio popular que declara: "En el Maghreb los santos brotan como el trigo en tierra fértil" ( Al Maghrib younbitou alawliyya kama tounbitoualardou azzara). Esta cantidad de santos en tierra marroquí desde los mismos inicios del Islam y hasta la llegada de Moulay Idriss, no afecta en nada a la calidad y brillo de la tassawuf. Muestra de ello lo constituye la frase atribuida a Abdel Qadir al - Jilani que dice: "No se ha visto uno igual a mí mas que el negro de Marruecos". Se estaba refiriendo al famoso Moulay Boua"za (o Abi Yaa"za) hombre negro de la región de Beni Mellal, en el sur, y que fue el maestro del sevillano igualmente conocido Abu Madyan.
Todo el sufismo marroquí contiene una particularidad que hace de él una escuela iniciatica donde la ética de la virtud y el correcto comportamiento hacen saborear el fruto más útil de esta educación y encontrar la perla escondida y buscada por todos los sinceros buscadores de Dios: "la rectitud es mejor que mil milagros" decían los maestros pues "la utilidad de los milagros es temporal y limitada, en cambio, los valores que son el fruto de la educación sufí, son eternos y su utilidad universal".
El desconocimiento del sufismo marroquí en el mundo, en contraposición a la difusión del sufismo oriental, se debe a que los sufís marroquís han concentrado todos sus esfuerzos en la educación práctica de sus discípulos y no tienen, además, muchas producciones escritas. Es por esto que la tassawuf del magrehb es una ciencia experimental cuyo centro de preocupación es la formación del discípulo y su progresiva transformación interior.


Marruecos: tierra de sufismo
La tierra marroquí conoció ya desde el S. XI a ilustres Maestros cuya fama y resplandor pueden ser considerados como universales: Abu Madyan Al Ghawth, Moulay Abdesalam Ibn Mashis, Abou Hassan Shadili, etc.... Su radio de influencia, centrado en Marruecos, se extendió hacia el Este (Egipto), hacia el Norte (Al-Andalus) y hacia el Sur (Sahara y Africa Occidental). La responsabilidad de tal expansión fue debida al crecimiento de las Tariqas Qadiriyya y Shadiliyya de cuyo seno surgieron maestros como Sidi Abou Madyan Al Ghawth, sevillano de nacimiento y criado en Al-Andalus y más conocido en el oriente árabe que en su región de origen. Notable igualmente fue la figura del Imam Shadili, discípulo de Ibn Mashis después de haber peregrinado hasta la montaña de éste último y recibir la ciencia divina del Sirr o secreto espiritual no sin antes haber abandonado todo el cúmulo de ciencias y conocimientos librescos. Al-Shadili es el fundador de la Tariqa Shadiliyya-Mashishiyya que posteriormente tuvo numerosas ramificaciones. Ya en el S. XVI encontramos una decena de Zaouias (centros espirituales sufís) repartidas por toda la geografía marroquí:
1. Zaouai Jazoluía: renovación de la Tariqa Shadiliyya realizada por Mohammed al-Jazouli, discípulo de Mohammed Amghar.
2. Tariqa Zarruquía: fundada por Ahmed Barnusi Al-Fasi o Ahmed Zarruq. Contemporáneo de Jazouli estudió en Fez y Bejaya. Murió en Tripoli en 1445.
3. Tariqa Isawía: fundada por el Maestro sidi Al Hasi Ben Isa o Sheykh Al Kamel, el maestro perfecto por poseer las dos ciencias; la aparente y la oculta, la shari"a y la haqqiqa. Muere en 1524 y está enterrado en Meknés.
4. Tariqa Yussufía: fundada por el Maestro Sherif Idriss Ahmed Al Malyani. Murió en 1525 y tuvo por maestro a sidi Ahmed Zarruq
5. Tariqa Ghazía: fundada en 1526 en Dar"a, en el sur marroquí, por Hassan Al Ghazi, discípulo de Malyani.
6. Tariqa Sharqawia: fundada a finales del S. XVI y de origen jazoulí. De sus ramificaciones surgirá la Tariqa Nassiriyya
7. Zaouia Shaijía: fundada por sidi Sheykh en 1615 a partir de la Malianía por Mohammed Sahili
8. Tariqa Nasiría de Dar"a, en Souus, fundada por Ahmed Bennasr Darii, muerto en 1674 y enterrado en Tamgrout, en la regiós de Zagora.
9. Tariqa Wazzanía, de origen Jazouli y fundada por Moulay Abdellah Shrif al-Wazzani. Su ciudad natal está considerada hasta nuestros días como ciudad sagrada y la zaouia es una "dar dmana", casa de garantía o protección por cuanto todo aquél que acudía a pedir refugio era escuchado y protegido.


La mayoría de estas Vías desaparecieron o se eclipsaron a partir del siglo XIX ante la expansión de dos Tariqas mas recientes: la Tijjaniyya y la Darqawi. La primera de ellas, aun siendo una Vía Tabarrut por no tener en la actualidad un Sheykh vivo, se ha mantenido fiel al ritual original (wadhifa) y está implantada en suelo marroquí asi como en toda Africa Occidental.
Hacia finales del S. XVIII Muolay Larbi Darqawi, nacido en 1737 y oriundo de la tribu de los Beni Zeroual, funda en Bou-Brith una cofradía llamada Darqawiyya, cuya enseñanza procede del Imam Shadili. Contemporáneo de Sidi Ahmed Tijjani, Moulay Larbe Darqawi era un sufí excepcional ya que realizó una síntesis de diversas ramas de la Shadiliyya y junto a su moqqadem y brazo derecho Sidi Mohammed al Bouzidi formó un nutrido grupo de maestros entre los que destacan Sidi Ahmed Ibn Ajiba y Sidi Mohammed Al Harraq de Tetuan, autor éste último de obras místicas de gran belleza que inspiraron a los mismos derviches giróvagos del Sultán Abdel Hamid de Estambul, discípulo éste mismo de la Darqawiyya.
La Darqawiyya va a ser la propulsora de numerosas zaouias en toda la geografía marroquí : en el norte la Seddiquía de Mohammed ben Seddiq, en el sur la Allighía de sidi Ali Darqawi al Llighi, en el centro (Fez) la Kettanía de sidi Mohammed ben Jafar al Kettani y en el marruecos oriental la Hebría de sidi Mohammed Al Habri. Ya en Argelia da lugar al nacimiento de la Alawi de sidi Ben Mustafa al Alawi, sheykh que animó una de las mas grandes tariqas contemporáneas.
Ya en nuestros días nos encontramos con otro sufí excepcional: Sidi Boumedian Butchich, qadiri de origen y formación que parte de su tierra natal de Ahfir, cerca de Berkane, para recorrer tierras marroquís y argelinas en busca del Maestro completo y perfecto. Su búsqueda va dar unos frutos admirables por cuanto fué capaz de reunir en la Vía Qadiriyya las diferentes ramificaciones de la Shadiliyya.
Sidi Boumedian está considerado como el fundador de la Tariqa Qadiriyya Bouchichiyya. En la actualidad esta tariqa, bajo la tutela y dirección de su actual Maestro Sidi Hamza al Qadiri Al Bouchichi está viviendo una importante expansión no solo en Marruecos, considerada ahí como una de las mas importantes , sino en los cuatro continentes, especialmente en Europa. Gracias a la renovación de las formas, que no de su esencia eterna y atemporal, el sufismo marroquí está impulsando el conocimiento de la tassawuf como camino iniciatico para los occidentales. Entre sus miembros se cuentan numerosos jóvenes buscadores e intelectuales de la talla del pensador y filósofo Dr. Taha Abderrahman, el antropólogo, escritor y director del Festival de Músicas sagradas del Mundo de Fez Dr. Faouzi Skali, el historiador Dr. Ahmed Tawfik, la islamóloga francesa Eva de Vitray Meyerovitch y muchas mas celebridades de diversos sectores y disciplinas.


Fuente: http://www.webislam.com/?idt=12579 Click Here to Read More..

Moulay Abd as-Salam ibn Mashish. Padre de la tariqa Shadzili

En el siglo VI de la Hijra del profeta amado de Allah, paz y bendiciones de Allah sobre él, un niño nació en el seno de una noble familia de la tribu de montaña de los Bani ‘Urus, que vivían en la región de Ghimara del norte de Marruecos. La tribu era conocida por estar formada por numerosas familias de Shurafa, descendientes del profeta, paz y bendiciones de Allah sobre él, y por muchas otras que habían memorizado el Libro de Allah al completo.

El día que el niño nació, a cientos de millas de distancia en Iraq, una voz interior llamó al wali de Allah Shaij ‘Abdel Qadir Al-Jilani, cuyos pies estaban por encima de la altura de los cuellos del resto de awliyá debido a lo elevado de su maqam junto a su Señor. La voz le dijo:

¡Oh ‘Abdel Qadir, encamina tus pasos hacia los habitantes del oeste, hacia el Qutb del Magreb que ha nacido hoy!

‘Abdel Qadir empezó a caminar y no paró hasta que llegó a Marruecos y alcanzó la cima de la montaña Jabal ‘Alam, donde la familia del niño residía. Los amigos de Allah pueden ser bendecidos con la capacidad extraordinaria de recorrer tales distancia en apenas unos instantes. Fue al padre del niño y le pidió que le trajera a su hijo para poder verlo. El hombre accedió de buen grado al deseo del Sháij y le presentó a su hijo mayor, pero ‘Abdel Qadir insistió en que ese no era el chico que buscaba y que llamara a sus otros hijos. Al poco rato todos los hijos estaban delante del Shaij, todos excepto el recién nacido. El hombre informó a ‘Abdel Qadir que no tenía más hijos aparte de un niño que había nacido ese mismo día. “¡Tráelo!”, respondió, “¡él es al que deseo conocer! “. Entonces le llevó al niño y el wali lo cogió, le impuso las manos e hizo du’a por él.


Ese niño era Moulay ‘Abd as-Salam ibn Mashish, al-‘arif bi l-lah, el Shaij de los sufís, el padre de la tariqa Shadzili. Descendiente del profeta, paz y bendiciones de Allah sobre él, a través del Padre del Magreb Musulmán, Moulay Idris, y marcado de esa forma tan especial nada más nacer por uno de los más grandes awliya que resulta evidente que se trataba de un niño singular. Tenía un karama en común con el Shaj Al-Jilani: cuando la luna nueva de ramadán aparecía en el cielo rehusaba tomar el pecho durante las horas de luz del día y esperaba hasta el adzan del salat al-magrib para alimentarse, continuando así hasta el día del ‘Id.


La formación de Moulay ‘Abd as-Salam fue similar a la del resto de chicos de la tribu: fue educado a la manera tradicional demostrando ser un estudiante excepcional. A los doce años tenia memorizado el libro de Allah de acuerdo a sus siete lecturas. Estudió con muchos maestros, entre ellos el gran faqih Sidi al-Hajj Ahmad Aqtran, con el cual estudió el resto de ciencias del Din, e inclusive la mudawwana del imam Malik.


Tomó la vía iniciática del tasawwuf de su guía espiritual, Sidi Abd ar-Rahman ibn Hasan as-Sharif al-‘Attar al-Madani az-Ziyyat.


Muchas historias han quedado registradas en los libros de sufismo acerca de la categoría del Shaij y su sabiduría. Su gran discípulo, Abu al-Hasan as-Shadzili, recuerda el momento de su primer encuentro con el Shaij:

Al principio de mi asunto me dediqué a viajar en busca de Allah hasta llegar a un estado de total incertidumbre. ¿Debía retirarme del mundo y consagrarme en exclusiva a Allah, o debía volver a la ciudad y buscar la compañía de los ‘ulama y de los hombres rectos? Me llegaron noticias acerca de un wali que vivía en la cima de una montaña cercana, así que decidí ir a su encuentro. Al llegar a lo alto de la montaña la noche ya había caído, de modo que me dije a mi mismo, ”no me encontraré con él a esta hora tarde.” Entonces una voz me sorprendió procedente como del vacio que decía: “Oh Allah, en verdad que hay gente que Te pide que le facilites Tu creación, pero de hecho Tu ya la sometiste a ellos y ellos fueron complacidos. Oh Allah, yo solo Te pido el desdén y el desprecio de Tu creación hacia mi persona de modo que solo en Ti halle refugio.” Entonces me dije: ¡mira las profundidades a las que este Sháij se ha asomado!


A la mañana siguiente fui a verlo y temblando de miedo ante su presencia le dije, “Sidi, ¿cómo está usted?” Respondió:

“Me quejo ante Allah de la frialdad del contentamiento en la servidumbre de la misma forma que tú te quejas ante Allah del tormento de verte atrapado en las ambiciones de tu libre albedrío”. Le respondí: “En cuanto a mi queja debido al abrumador tormento de verme atrapado en las ambiciones del libre albedrío, lo conozco bien porque lo he experimentado en mí mismo, pero tu lamento por la frialdad del contentamiento en la servidumbre ¿qué es eso?“. Respondió: “Temo que su dulzor pueda distraerme de lo que es Allah en Sí Mismo”. Le pregunté acerca de la oración que la noche anterior había escuchado. Sonrió y dijo: “Hijo mío, cambia para ti las palabras ‘facilítame Tu creación’ por estas otras ‘Oh Señor, sé para mi’. ¿Piensas que si Allah es para ti tendrías acaso necesidad alguna de nada más? ¡Qué enorme calamidad sería esa”.


Un día, estando Abu al-Hasan con el Shaij ibn Mashish, pensó para sus adentros: “Me pregunto si él conocerá el Nombre Supremo de Allah”. Entonces escuchó la voz del hijo del Shaij – que en ese momento no estaba con ellos – decir: “Oh Abu al-Hasan, el asunto no es si conoces el Nombre, sino en ser tú la Esencia misma del Nombre”. El Shaij miró a Abu al-Hasan y dijo: “Mi hijo te ha leído el pensamiento, y ha dado en el clavo”.


Respecto al significado de sus palabras; aquel que es uno con la Esencia del Nombre es aquel que ha realizado el estado de extinción (fana) – aniquilación en Allah, de modo que no ve ni oye nada en toda la existencia que no sea Él.


Moulay Abd as-Salam dijo a Abu al-Hasan un día: “¡Sé precavido respecto a la gente! Purifica tu lengua de mencionarlos y tu corazón de actuar para complacerlos. Guarda tus extremidades, realiza tus obligaciones y obtendrás la wilaya de Allah. No los menciones nunca excepto cuando un derecho de Allah que involucre a tu persona así lo demande, de esa forma tu taqwa será perfecta. Y di, ¡Allahumma! guárdame de mencionarlos y de los obstáculos que por causa suya se presentan, sálveme de su maldad, y que sea suficiente para mí con el influjo de tu Rahma frente a lo que ellos adelantan. Y eleva, ya Rabbi, entre ellos mi rango, en verdad que Tu detentas el poder sobre todas las cosas.”


Cuando un siervo recto de Allah pide elevar su rango respecto la gente, no está pidiendo palacios, salud o fama. Más bien pide por todo lo contrario, pide liberarse de las ataduras y dependencias de este mundo. Cuando un esclavo recto de Allah busca refugio en Él de la gente y su mención, no lo hace por animadversión, desprecio o arrogancia. El no siente que sea mejor que ellos, y es por eso que busca refugio de su maldad. En realidad busca refugio en Allah para que lo eleve a una estación en la cual su corazón se vea libre de cualquier forma de dependencia respecto a la creación, y para liberar su ego de la compulsiva necesidad que siente de tener que complacer a los demás para buscar su reconocimiento, aún a expensas del reconocimiento de Allah. El amigo de Allah no odia a la gente, ni alberga contra ellos malos sentimientos; de hecho no los tiene en cuenta en absoluto. Cuando un amante deviene en amado, si el mundo entero con todos sus deleites se detuviera ante sus puertas, su mirada no se detendría en ello ni tan siquiera por el instante de un solo parpadeo. Así es la gente del amor en Allah.


El Shaij Abu al-Hasan as-Shadzili dijo: “Mi amado (ibn Mashish) me advirtió diciendo: ‘¡Oh Abul al-Hasan! no des un solo paso excepto en la dirección en la que esperas encontrar el beneplácito de Allah, y no permanezcas en ningún lugar excepto si estás seguro de que no vas a incurrir en la desobediencia de Allah. No acompañes a nadie que no te inspire la obediencia a Allah, y no tomes por amigo íntimo más que aquellos que hacen que aumentes en certeza… ¡y que pocos son!‘ “


Moulay Abd as-Salam ibn Mashish murió en el año 622 después de la Hijra. Su muerte vino a manos de un mago de nombre Abu Tawajin, el cual afirmaba ser un profeta. Esta persona tenía bajo su mando a un grupo de jinn. Un día llegaron tarde a su servicio y cuando les pidió explicaciones ellos le dijeron que habían subido a una montaña y habían encontrado allí a un hombre entregado a la ‘ibada. Cuando trataron de aproximarse una intensa luz procedente de el los había hecho arder en llamas. Al escuchar esto, el falso profeta se llenó de rabia debido a los celos y mandó a grupo de sus esbirros para que lo mataran. Encontraron al Shaij al alba cuando estaba preparándose para el salat, y fueron a por él. Al consumar el martirio del Shaij una densa niebla descendió sobre ellos y cayeron en una sima de la montaña, de la cual ninguno pudo escapar para contar la historia.


En cuanto a Abu Tawjin, el ejército del Muwahhidoun en Ceuta tuvo noticias de su deplorable acto y se puso en marcha para librar al país de su maldad de una vez por todas. Pronto Moulay Abd as-Salam fue vengado, y el falso profeta yació muerto. Su cuerpo fue mancillado y enterrado en un lugar que hasta el día de hoy ha permanecido como un lugar deleznable. Se dice que cualquiera que pase por él es conminado por una poderosa llamada de la naturaleza, y que la única manera de responder a esa llamada es desde la tumba. Tal es la recompensa de aquel que asesinó al amigo de Allah, e hirió a la noble familia de Su mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz.


Aunque el Shaij murió, martirizado en al camino de Allah, sigue vivo en su tumba hasta el día del levantamiento. Murió después de haber dado al mundo de entre sus discípulos a tres Polos: Sidi Ibrahim ad-Dusuqi, Sidi Ahmad al-Badawi y Sidi Abu al-Hasan as-Shadzili. Que Allah esté complacido con ellos y con todos aquellos que siguieron su camino. Moulay abd as-Salam fue enterrado en el lugar en el que se consagró a Allah, en la cima de la montaña Jamal ‘Alam, construyéndose sobre él un pequeño mausoleo. Un árbol ahora crece sobre su tumba, expandiendo sus ramas muy por encima de las numerosas personas que acuden para visitar a uno de los más grandes amigos de Allah. Sus muchas ramas se retuercen y se extienden a lo lejos más allá de las raíces, tantas como los muchos hombres y mujeres que tomaron el camino de Allah a través de sus estudiantes repartidos por todos los rincones del mundo. Todos ellos nutridos a partir de la luz que Allah le dio, de tal forma que incluso hoy en día aún sigue fluyendo por las venas de sus descendientes. De unas humildes raíces un poderoso roble se ha erigido.


La Tariqa Shadzili fue construida sobre las bases del Shukur y la Mahabba, el agradecimiento a Allah y el amor a Él. Moulay Abd as-Salam ibn Mashish estableció el método de la tariqa en base a aquello que sus más grandes estudiantes pudieron obtener de su famosa advertencia a los hermanos:

“Aspira a cuatro cosas seguidas de otras cuatro:

Amor a Allah,

Satisfacción en el decreto de Allah,

Indiferencia del corazón respecto los asuntos del mundo, y

Entrega confiada en Allah.

Obtén estas cuatros después de estas otras cuatro:

Realizar las órdenes de Allah,

Evitar las prohibiciones de Allah,

Paciencia y fortaleza de ánimo respecto a todo aquello que a uno no le concierna, y

Abandono del hedonismo y la autocomplacencia.”


Incluso si esta exhortación fuera la única muestra que tuviéramos del conocimiento del Shaij, sería suficiente para comprobar la inmensidad de su sabiduría y lo elevado de su maqam frente a Allah.


Pueda Allah estar complacido con él y con todos aquellos que aspiran a encontrar lo que él encontró. Y que la paz y las bendiciones de Allah recaigan sobre su antepasado, el noble profeta Muhammad, y sobre todos aquellos que sigan su sunna hasta el fin de los tiempos.



Autor: Khalid Williams

Fuente: http://muridslog.blogspot.com/2005/11/moulay-abd-as-salam-ibn-mashish.html

Traducción del Inglés: ‘Uzman García.

Click Here to Read More..

Introducción a la primera edición inglesa de “El significado del hombre” de Sidi ‘Ali al-Yamal

Este es el libro más importante escrito por el hombre. Hasta esta edición sólo existía un ejemplar del libro. Durante doscientos años la copia del autor estuvo guardada en el lugar donde él enseñó y durante ese tiempo, puntualmente, todos los jueves por la noche, un pequeño grupo de la élite intelectual de la ciudad de Fez en Marruecos bajaba al barrio de los tintoreros donde aún se encuentra la pequeña zawiyya del gran maestro, se reunían en círculo y leían, examinaban y aplicaban el método delineado en el manuscrito que tenían ante ellos. Por lo que respecta a hoy en día, ese círculo aún se sigue reuniendo. Es de esperar que por la publicación de esta obra extraordinaria, incomparable en su profundidad y claridad, el círculo de los eruditos de Fez se extienda, y que el conocimiento se propague a través de él en esta era de bancarrota intelectual.

Es deplorable que en el clima presente del “saber” académico, si se presentara el texto de esta obra maestra sin comentario, simplemente desaparecería sin dejar huella. En parte por la enorme cantidad de bibliografía publicada completamente inútil y nos estamos refiriendo aquí a las obras publicadas en el nexo académico, no a la montaña de escritos opiáceos populares salidos en el estado moderno, y en parte porque este sistema de “saber” está montado -en su estructura y método- para anestesiar cualquier organismo entrante que pudiera amenazar su supremacía. Toda la bibliografía publicada hoy en día está obligada, lo sepan o no los autores, a ser absorbida en un módulo cultural total cuyos tentáculos abarcan el mundo entero. La Academia de Pekín, el sistema universitario ruso y la comunidad académica occidental básicamente comparten la misma visión del mundo y aceptan la misma tesis central que exalta la tiranía continua de la especulación intelectual (definida como “libertad”), el mito de la investigación, el culto al sistema, y el sacerdocio del doctorado.

Lo más importante en nuestra aproximación a este texto ha de ser una comprensión que acceda a sus significados y, por consiguiente, sus aplicaciones serán imposibles hasta que el lector sea capaz de comprender que tiene que rodear el muro -totalmente imperialista- que se levanta ante él, en su camino de acercamiento al tema del libro. Esto puede parecer confuso hasta que el lector se de cuenta de que es precisamente la pretensión imaginaria de una metodología que propone la objetividad como fundamento de análisis, lo que se interpone e impide que este texto seminal opere un proceso de conocimiento profundo que transforme al lector. El autor una y otra vez deja claro en el libro que los cimientos del conocimiento sólo son accesibles a aquel que esté preparado para emprender una profunda transformación existencial. La idea de que el conocimiento es un proceso ideal ni siquiera se considera. Las palabras de los hombres no deben ser confundidas con sus actos.

En la actual parálisis social que precede al inminente colapso total de la cultura moderna, lo que hemos llamado doctrinas imperialistas del método escolástico usan técnicas bastante burdas para evitar cualquier ruptura con el llamado ethos científico. Si este libro fuera catalogado como un texto de religión, automáticamente perdería su oportunidad de aterrizar en la mesa del hombre que está buscando intelectualmente para adquirir conocimiento, en el contexto del rígido sistema actual. Peor aún si se le etiqueta como misticismo, entonces estaría expuesto automáticamente a ser tildado de irrelevante o decadente. Este libro no es una obra religiosa, ni es una obra mística, porque la evaluación que el autor hace de estos conceptos, y en realidad, de su propio libro, deja bastante claro que el acercamiento al conocimiento incluye una zona operativa que afecta al modelo de vida completo del estudiante. El pensamiento parcial y divisorio de los académicos está montado para mantener su propia búsqueda, casi mística, del conocimiento puro, al que pretenden llegar en el futuro tan evasivo e inalcanzable como la sociedad moral y justa que prometen a los desvalidos esclavos de la cárcel industrial. La producción es el dios de esos bárbaros, y en ningún lugar se permite sugerir que las cadenas del trabajador se forjan en la fábrica, y que las cadenas de la sociedad son las unidades conectadas del proceso de producción, que toda la llamada comunidad intelectual sin excepción defiende.

Digámoslo de otra manera. Si el principio creativo y de conocimiento -tan clara y científicamente perfilado en esta obra maestra- fuera aplicado, derribaría todo el monstruoso sistema de tiranía estatal en el que el hombre moderno se ha encajado a si mismo, porque en él las libertades que con tanta astucia ha enseñado a desear son quiméricas y sin valor. La libertad real, como proyecto, está prohibida políticamente. Fíjate en las fotografías de este libro. Son todos hombres de esta época, y hay otros como ellos. Ellos y sus hermanos están siendo sistemáticamente eliminados, humillados, separados, impedidos de diseminar este tremendo proceso de conocimiento e incluso asesinados. Sus bibliotecas han sido confiscadas por la fuerza, otros escritos suyos que guardaban escondidos han sido rebuscados y ”enterrados” eficazmente en el sistema de archivos que se encuentra en el corazón de los complejos universitarios, en los que solamente los que están programados tendrán acceso, siendo por consiguiente inmunes a sus contenidos, gracias al magnifico lavado de cerebro evaluativo que el sistema de la antropología ha instituido para desactivar esta enseñanza. Una enseñanza tan antigua como el hombre y que ahora se encuentra en su última y más convulsiva fase.

Estamos diciendo abiertamente que estos hombres de la vía darqawi de aprendizaje son hombres de libertad. Se han dominado a sí mismos, de tal modo que los que están a su alrededor son libres. La sociedad actual tiene líderes que son interiormente caóticos de tal manera que a su alrededor todo es opresión. El gran temor de la sociedad moderna no es el de la policía. Ésta es meramente una manifestación externa del temor interno del grupo de poder que dirige la sociedad. Los dirigentes de la sociedad moderna son manifestaciones andantes de terror –sus propios miedos, que los fijan de un modo tan evidente en la rigidez corporal y mental, aplastan al otro, no sólo físicamente sino en una atmósfera mental restrictiva que no tiene más resultado que la violencia y la muerte.

El avance de esta sociedad -como el caminar de un sonámbulo en estado de trance- hacia la completa parálisis, con su polaridad compulsiva entre deseo de seguridad y vulnerabilidad al ataque, tanto al nivel doméstico como al militar, esta enfermedad y su cura se perfilan claramente en este libro. Los medios para desmantelar el pacto suicida en el cual esta edad parece atrapada puede encontrarse en estas páginas. Aquí hay un método, cuya aplicación trae la liberación –no, como está claro en el tema central del libro, una libertad política, sino una restauración transformadora total del hombre como un animal humano que es benigno con su propio fuero interno y con la exterioridad de sus hermanos. Un hombre que no es un peligro para la sociedad y la sociedad no es un peligro para él. Es significativo que a pesar de la persecución a la que han sido sometidos los hombres de conocimiento, la enseñanza sobreviva, y los maestros sobrevivan –luchan, se afincan en las montañas, se ocultan en las ciudades. Ésta no es una afirmación poética, es una afirmación histórica.

El autor, el Maestro, Sidi ‘Ali al-Yamal, que enseñó en su pequeña escuela de Fez, aún cuando tuvo otros muchos estudiantes, al final pasó toda su enseñanza a un único hombre. Este hombre fue Moulay al-‘Arabi ad-Darqawi. De él provinieron cuarenta grandes maestros que se extendieron por todo el Norte de África y penetraron tan lejos como Malasia y las islas de África Oriental. Ahora los descendientes de ese linaje de conocimiento se pueden encontrar en Inglaterra y América.

Los hombres darqawi fueron sacrificados y torturados por las fuerzas francesas de ocupación colonial, bajo el liderazgo fanático católico del gobernador de Marruecos, el general Leauty. Cuando se marcharon los franceses, la élite modernista y estatal que asumió el poder en nombre de la libertad nacional continuó la persecución.

Esos hombres eran una amenaza porque no es posible construir un Estado-consumidor mientras existan hombres que señalan que siendo consumidor sólo consigues ser consumido. No se puede forjar una religión basada en la producción moderna mientras haya hombres vagando libremente diciéndole a la gente no sólo que la sociedad feliz y justa no puede construirse sobre la miseria, el asesinato, y la destrucción, como prometen, sino que de hecho la sociedad libre ya existe y nunca ha cesado de existir.

Los hombres de conocimiento que han seguido esencialmente este camino han sido todos eliminados en el mundo comunista, tanto en Rusia como en China, tanto sus obras como sus vidas han sido aniquiladas. En el subcontinente indio estos hombres casi han desaparecido, gracias a la crueldad perfectamente sofisticada de los británicos y a la de sus esclavos, los “modernistas”, que les sucedieron a su partida y que ahora son la élite de poder en India y Pakistán. Persia se hundió al mismo tiempo que los Estados árabes se dividieron, el Califato de Estambul fue destrozado, y el escuálido gobierno de autoría occidental de Atatürk hizo que esos hombres fueran colgados en todas las ciudades y pueblos de Turquía. África del Norte y Occidental experimentaron la misma estrategia brillante de iniciativa militar respaldada por la investigación jesuita y el interés comercial. Al final, toda la vía darqawi, y las otras líneas equivalentes de conocimiento, han sido aniquiladas por medio del asesinato, la delación y la propaganda a gran escala, para devaluar las prácticas e incluso la epistemología de las diferentes líneas de aprendizaje.

El armazón de aprendizaje presentado en este libro parece muy alejado del ataque violento y bárbaro que los hombres de conocimiento tuvieron que soportar. Es un método de comprender el ego/universo y por ello lo Universal, fresco y sorprendentemente bello. Es una declaración abierta de cómo opera la existencia. Nada más y nada menos. Una vez se ha comprendido el entramado central, y una vez que el principiante ha empezado el curso de desprogramación sin el cual ninguno de los contenidos del libro puede tener sentido, el entramado puede ser aplicado a cualquier ciencia, porque lo que es válido para la propia ciencia del conocimiento es por eso mismo un paradigma aplicable a cualquier sistema de conocimiento o ciencia. Tanto a la biología molecular como a la teoría económica. Por su propia naturaleza está claro que las divisiones groseras y exclusivas del cientifismo no son posibles en el conocimiento real. Por ejemplo, se hará obvio que no existe tal cosa como la psicología en si misma ni hay tal cosa como la astronomía en si misma. Si uno desea comprender esas áreas debe disponer los límites de una nueva ciencia con la forma de un espejo dual, que sólo es posible describir en el lenguaje al uso en esta sociedad como psicología/astronomía. Y en ella no apreciaríamos ni definiríamos ninguna diferencia.

Los usos a los que este MANUAL DE MÉTODO puede aplicarse probablemente no emergerán durante algún tiempo. Primero alcanzará aquellos intelectos que aún no han sido totalmente drogados por las espantosas superficialidades que se hacen pasar por disertaciones eruditas en nuestra sociedad. No hay nada intelectualmente más deprimente que leer, o intentar leer, los textos triviales de la ciencia lingüística y los textos existencialmente estériles de los teóricos sociales. Ibn Arabi dijo que si haces un modelo del universo sólo puedes hacer un modelo de ti mismo. Aunque una teoría social esté envuelta en velos de complejidad y hermenéutica sacerdotal, por atractiva que pueda resultar, con todo, nunca podrá originar una sociedad nueva, si el propio teórico es un tirano. No quiero decir sólo un tirano político, quiero decir un tirano humano.

Probemos algunas declaraciones claras que provienen de este libro. Según la presente cultura bárbara, la realidad social empieza con el grupo. Al proyecto privado se le niega cualquier realidad. Si tienes un proyecto privado, el proyecto más elevado por supuesto sería el conocimiento, entonces eres anti-social y anti-productivo. Tu búsqueda no le sirve a la gente (es decir, a la producción). Por lo tanto tú no eres “la gente”. Digámoslo ahora en términos lingüísticos. Si la frase tiene significado será porque la estructura de la oración tiene sentido y dibuja con éxito, por su método verbal y no sólo por sus indicadores del sustantivo, lo que en realidad quiere decir. Esta estructura de significado es primaria y todo le está subordinado. Tan vital es “el contenido” que las palabras son sus esclavas, pero, lo que es más importante, a las letras con las que se construyen las palabras y las estructuras se las considera sin significado propio. Los fonemas no tienen significado pero la oración tiene significado. El significado sólo surge con la complejidad de la estructura. Pero, antes de que se diga la oración, ¿no tiene que estar ya “alineada” en la conciencia? Miremos esto mismo en el reino biológico. La criatura es simple en estructura y capacidades en un entorno dado –semióticamente éste es un término que sirve a una función móvil dentro de una oración-entorno. Si la oración se complica, el término debe cambiar por la adición de un prefijo o un sufijo, por ejemplo. Pero su significado depende de esa ordenación de la oración. “Cambiará” en tanto la oración cambie. Pero el fonema en esta figura no puede entender la oración –la cual todavía no ha sido pronunciada – ni tampoco mientras está siendo pronunciada. ¿Cómo pueden entonces las partículas del ADN ordenar un nuevo listado y una nueva respuesta NRA que provocará una nueva disposición de las proteínas?

Al revés, el organismo no manda sobre las moléculas ni la oración alinea los fonemas. Si el significado no está ya en el fonema la secuencia es incomprensible. Esto es verdad en la oración, en el hombre, y en el organismo. En todos los niveles se trata del significado. El significado es anterior al fonema, está en el fonema, está en el proceso, está en la nueva frase.
Vivimos en una época en que el significado del hombre mismo está en peligro, por lo que el hombre está en peligro, por consiguiente su entorno, esta tierra, está en peligro. Vivimos en una sociedad que está empecinada en destruir al hombre y en hacerlo siervo de los aspectos inferiores de si mismo, en vez de ser el amo de los más elevados aspectos de si mismo. En el reconocimiento de que este punto más bajo de valor humano nos está llevando al momento en que el hombre será restaurado en su esplendor como un locus de conocimiento, hemos publicado esta obra maestra. Por su naturaleza no puede ser estudiada en una universidad ni un aula. Sólo puede ser aplicada en el círculo de hombres que siguen este método de transformación del ego, que es la vía antigua de conocimiento, que los antropólogos están ocupados y son empleados para encubrir.

En este tiempo, si los hombres quieren conocer deben emprender el camino para la búsqueda de los hombres que viven para conocer, y que se han liberado a si mismos del aplastante proceso de aculturación que convierte a los graduados de nuestras universidades en productos históricos semejando zombis. Tales hombres de conocimiento no son parte del problema ni son parte de la solución. Pues es la propia dialéctica actual donde reside la tiranía de la sociedad moderna. Es en el método mismo de esta cultura donde reside su locura. He aquí otro camino, y en él el hombre no está en peligro –está liberado y esto significa vida para todos los que están a su alrededor. Dado que el conocimiento no se encuentra ni en la agitación social o en la parálisis, dado que no se encuentra en el esoterismo ni en los grupos experimentales ni en las estructuras de poder, el buscador debe romper con su molde cultural y reconocer que el conocimiento es propiedad de los pobres. Si la pobreza fuera eliminada, el conocimiento sería eliminado. Es la única clave que podemos dejar escrita. La vía de la pobreza es la vía del conocimiento. Lo escribimos en el muro de la cueva. Lo escribimos en tu corazón.

Del pobre esclavo,
El desvalido, el necesitado.


Autor: Shaij ‘Abd al-Qadir as-Sufi (1977)

Traducción: Omar Ribas
Publicado por la Comunidad Islámica de España en su sitio web.
Fuente: http://www.cislamica.org/islam/cienciasdeldin/significadelhombre.html
Click Here to Read More..